Martes 5 de Mayo, Sólo un Beso en Más Que Cine

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Ae Fond Kiss (Just a Kiss)
Icon Films Reino Unido, 2004, 104 min.
Director:
Ken Loach
Guión:
Paul Laverty
Fotografía:
Barry Ackroyd
Música:
George Fenton
Intérpretes:
Atta Yaqub, Eva Birthistle, Ahmad Riaz, Shamshad Akhtar, Shabana Bakhsh, Ghizala Avan, Gary Lewis, David McKay, Raymond Mearns


Casim (Atta Yaqub) es un joven escocés de origen musulmán. Es un buen discjockey y apasionado de la música. Sueña con abrir un club propio con su mejor amigo, Hamid, un sueño que se toma muy en serio. Ha estudiado contabilidad, pero no quiere ejercer. Sus padres, Tariq (Riaz Ahmed) y Sadia (Shamshad Akhatar), emigraron al Reino Unido en los años sesenta, procedentes de Pakistán. En Glasgow, donde la familia se ha instalado, tienen una tienda de comestibles y prensa. Tariq y Sadia, musulmanes devotos, han decidido que Casim se case con su prima Jasmine, la sobrina preferida de Sadia. La boda debe celebrarse a los pocos meses, y Tariq está haciendo una obra de ampliación de su casa para que la pareja viva allí. Casim tiene dos hermanas: Rucksana, la mayor, conoce a un joven del agrado de sus padres, con el que llegará a comprometerse. La pequeña, Tahara, de dieciocho años, es la más directa de la familia; típica escocesa rebelde, está terminando sus estudios secundarios en un instituto católico cercano. Una de sus profesoras es Roisin (Eva Birthistle), una joven que da clases de música. Cuando Casim y Roisin se conocen, sienten una fuerte atracción y empiezan una relación en secreto. Para ellos, que él sea musulmán y ella católica no supone ningún problema, pero pronto se ve claramente que las diferencias religiosas y culturales sí lo son para otras personas, especialmente para la familia de Casim.

En la crítica de "Mi vida sin mí" reconocí que la interpretación de Sarah Polley era la mejor que había visto de una actriz en mucho tiempo. Apenas un año después, resulta curioso que un film de estética indie -y modestas pretensiones- semejante al de Coixet, y con una intérprete con un parecido físico extraordinario al de la canadiense Polley, me haga replantearme aquella afirmación. Eva Birthistle está portentosa como la joven profesora católica que se enamora de un musulmán en esta estupenda película del siempre interesante Ken Loach. Romántica, inteligente y extremadamente verosímil, "Ae Fond Kiss" sería una conmovedora comedia romántica si no fuera por la intolerancia y las tradiciones que las religiones monoteístas inyectan en ámbitos de una sociedad multicultural que no les compete. Así pues, la comedia inicial se convierte en drama, igual de conmovedor, y con algunos de los mejores minutos de cine europeo del año: los de la pareja en la habitación del hotel en España; placer físico y dolor emocional en dos escenas que no parecen ficción.
Pablo Kurt: FILMAFFINITY

Es probable que un guerrillero social como él no quiera reconocerlo, pero Ken Loach ha construido la película más romántica de su carrera. El cuchillo con el que suele utilizar sus críticas a la comunidad sigue estando tan afilado como siempre, pero, como dice el título original de su nueva obra (Ae fond kiss...), lo utiliza de un modo más cariñoso. En Sólo un beso, Premio del Público en la pasada edición de la Seminci de Valladolid, el director británico arremete contra la intolerancia religiosa que interfiere en los asuntos del amor, a través del romance entre una irlandesa católica y un británico musulmán de origen paquistaní.
Hay que rebuscar mucho en la filmografía de Loach para encontrar una película tan romántica y con tantos elementos de melodrama. Y es en la trama amorosa de Mi nombre es Joe, que sin embargo se veía zanjada por un tobogán dramático difícil de superar en cuanto a dureza, donde mejor pueden encontrarse las señas de identidad de Sólo un beso. En diversas ocasiones, Loach se ha sentido muy cómodo ofreciendo una crueldad vital tras otra y dando rienda suelta a la sequedad del drama más insoportable (por ejemplo, en Ladybird, ladybird). En cambio, casi siempre ha huido de las secuencias donde la ternura y la delicadeza entre una pareja funcionaran como elementos dominantes. En Sólo un beso han cambiado las tornas y no ha dudado en regodearse en las miradas, en las sonrisas, en el cariño de un par de personas encantadas de desearse.
De nuevo con guión de Paul Laverty, que ha escrito todos sus filmes desde La canción de Carla, la nueva obra de Loach sólo chirría en un par de secuencias. La conversación de la chica con el cura del colegio donde trabaja, quizá demasiado vehemente y con un trazo algo grueso. Y la secuencia en que la mujer le pide al novio que no vaya a una cita clave para su futuro profesional porque le necesita a su lado en ese instante. Ese personaje femenino, trazado hasta ese momento con pulcritud, tiene el sentido común por bandera y Laverty se olvida de ello sólo porque lo necesita como truco de guión.
Por lo demás, Loach y Laverty cuentan de forma primorosa el proceso de enamoramiento de la pareja, su química y la intolerancia del círculo familiar de él y del círculo profesional de ella. Es probable que Atta Yaqub sea bastante más atractivo que buen actor, pero la desconocida Eva Birthistle es un magnífico descubrimiento, una actriz capaz de resultar una madura mujer y una ilusionada jovencita en una misma secuencia. Todo ello con los habituales toques de sorna en el cine de Loach, que desengrasan y ofrecen cierto relajo ante tanta desfachatez mental anclada en el pasado.
Javier Ocaña: El País

"Loach y Laverty cuentan de forma primorosa el proceso de enamoramiento de la pareja, su química y la intolerancia de sus círculos (...) con los habituales toques de sorna del cine de Loach"
Javier Ocaña: Diario El País

"Un optimista y romántico Ken Loach (¿se estará haciendo viejo?) (...) el talento de Len Loach convierte esta película tantas veces vista en una nueva, en una historia pletórica de encantos y de señales de vida."
E. Rodríguez Marchante: Diario ABC

Si algo caracteriza a Ken Loach es convertir su cine en instrumento para la denuncia política o social de lo que considera injusto o abusivo, y hacer-lo mediante el choque y enfrentamiento con pensamientos opuestos al su-yo. Es un cine reivindicativo y de oposición –no en vano en todas sus en-trevistas destaca su afiliación leninista–, construido con ideas preconcebi-das que marcan la pauta de un guión combativo, para el que siempre cuen-ta con su amigo Paul Laverty.
  En esta ocasión su propósito es enunciado, en una especie de prólogo, por una joven estudiante de Glasgow pero de familia pakistaní, para quien hay que superar la barreras culturales y religiosas en las relaciones perso-nales. La película tratará de poner el azúcar suficiente para digerir este principio, desarrollando una historia de amor entre un musulmán pakistaní –que iba a casarse con una chica musulmana por acuerdo familiar– con una profesora de música, católica y recién divorciada. Este amor naciente se presenta como imposible por suponer una deshonra para la familia y co-munidad musulmana, a la vez que choca con el clima adverso en el entor-no católico de ella, hasta suponerle el despido del instituto.
  El director británico sabe lo que busca y pulsa todas las teclas para ganarse al espectador, y convencerle de que religión y cultura –musul-mana o católica– suponen con frecuencia un factor de intolerancia que lle-va al enfrentamiento o separación de las personas. Nada más fácil que ser-virse de la historia romántica de quienes se sienten atados por los impera-tivos de lo que su educación considera correcto, que tienen cortadas sus alas para volar y hacer por sí mismos lo que deben, que no son libres para amar... Visión un tanto superficial de la vida en común y del amor al obviar tantas circunstancias que hay que considerar para que un sentimiento de afecto prospere; nos ofrece, más bien, un sentimiento que poco tiene que ver con el amor y mucho con el deseo –más aún al cargar las tintas en unos encuentros sexuales en los que se detiene con morbosidad y fuerte contenido erótico–, y una vida construida sin tener en cuenta las conviccio-nes y las raíces.
  No le basta a Loach con este glamour epi-dérmico para atraer al público contra lo que llama “otro tipo de terrorismo”, que echa ma-no de una música melódica y romántica que la bella rubia interpreta al piano, o de estudia-dos toques cómicos que introduce oportuna-mente. Con todo, el guión se presenta co-mo lineal, simple y muy trillado ya por cientos de películas al uso, transparente pero tendencioso al perfilar unos personajes que refuerzan su postura ideológica: por un lado, unos padres pakistaníes irracionales y fanáticos, que anteponen su tradición a la felicidad de su hijo hasta el punto de hacerle una auténtica encerrona, y un párroco católi-co agrio, colérico y maleducado que increpa e insulta a la chica; por el otro, un joven confundido entre el amor a su fa-milia o tradiciones y el que siente hacia su novia, y una profesora liberal, sincera y sensata al que se le niega la posibilidad de amar y reconstruir su vida. El esquematismo del guión aumenta al caer en tópicos mil veces vis-tos en el cine, apuntados en torno a los irlandeses católicos, al racismo británico o a los aires aperturistas de las nuevas generaciones que se ven obligadas a una doble vida. En definitiva, que el director no logra despegar-se de su propio punto de vista “occidental” para comprender la mentalidad musulmana, ni parece entender que la religión no enfrenta ni genera intole-rancia cuando se entiende bien, sino que ésta llega por la falta de respeto y sensatez personal.
  Película combativa bajo el antifaz de telenovela, que llega al espectador por acertar al darle una historia de amor y pasión, de lucha y rebeldía fren-te a una sociedad que impone sus reglas. Quizá por ello ganase el premio del público en la Seminci'49, porque desde el punto de vista cinemato-gráfico aporta poco más que lo que supone saber usar hábilmente de los recursos de la técnica, puestos al servicio de una causa.
Julio Rodríguez Chico: La Butaca